Los horarios de la mesa no obedecen solo al apetito, sino también a una construcción cultural diseñada por las clases altas para marcar su posición social y diferenciarse del resto.
La comida es una expresión de poder. No es lo mismo pedir una bandeja de ostras que un bocata de mortadela, cenar en un restaurante exclusivo que en una taberna de barrio o limpiarse con servilletas de tela que hacerlo con unas de papel. Los lugares donde comemos, la cubertería que utilizamos y el tipo de alimentos que ingerimos cuentan mucho acerca del lugar que ocupamos —o pretendemos ocupar— en la sociedad.
Para muestra, basta una piña. Esta fruta, tan cotidiana hoy en día, fue uno de los alimentos más exclusivos y caros de Europa entre los siglos XVI y XVIII. Exótica, dulce, prácticamente imposible de cultivar en el clima europeo y muy difícil de transportar en buen estado desde América, la piña lo tenía todo para convertirse en un símbolo de sofisticación. Un sabor al alcance de unos pocos. Por eso se exhibía en los banquetes como centro de mesa —muchas veces, sin llegar a comerse— e incluso se alquilaba para aparentar una riqueza superior a la que se tenía. Sí, la fruta se alquilaba, igual que se hace ahora con los bolsos y otros complementos de lujo.
La ostentación a través de la comida es un fenómeno bien conocido, por antiguo y por vigente; un ‘idioma’ lleno de implícitos que las personas de una misma época y cultura pueden captar con facilidad. Hoy, una piña en el frutero no transmite nada especial, pero entonces era una señal muy clara. Tan clara como la que envían ahora quienes tienen acceso a alimentos prohibitivos para la mayoría, como ciertos tipos de trufa, carne o caviar, o visitan con frecuencia restaurantes con listas de espera tan largas que podrían competir con las de la Sanidad pública madrileña.
No hay muchas diferencias entre hacerse fotos en este tipo de lugares para presumir de haber tenido una experiencia gastronómica exclusiva y el posado del rey Carlos II de Inglaterra para un cuadro en el que recibe una piña de manos de su jardinero en 1677. Ambas son muestras de privilegio, aunque no son las únicas. Las exhibiciones gastronómicas de poder van más allá del producto y la cocina. También se expresan en el reloj, porque el momento de comer —esto es, las horas concretas del día en que se desayuna o se cena— se ha usado a conciencia como mecanismo de distinción social. Y han quedado huellas de esto en el lenguaje.

El clasismo que retrasó comidas y cambió palabras
Lo que sigue es un párrafo para el caos. Si uno quiere almorzar en Francia, tiene que pedir un déjeuner. La palabra significa ‘desayuno’, pero no se usa para la primera ingesta del día, sino para la del mediodía. El desayuno de café con leche y cruasán es petit-déjeuner. En español no ocurre esta singularidad, pero hay otra: los términos ‘almuerzo’ y ‘comida’ pueden referirse a diferentes momentos del día según la región, el país o el nivel de formalidad. Estas diferencias se aprecian a menudo entre España y algunos países de América Latina, donde el almuerzo equivale a la comida y no es delito llamar ‘comida’ a la cena. A su vez, las palabras francesas e inglesas que hoy se emplean para referirse a la cena —dîner y dinner— originalmente describían la comida principal de la jornada. A la cena, más ligera, se le llamaba souper o supper.
¿Cómo se explica este lío? ¿A qué obedece este revuelto de palabras? El historiador y escritor italiano Alessandro Barbero lo analiza en ¿Cuándo se come aquí? (Altamarea, 2026), un libro que documenta cómo y por qué han cambiado los horarios de las comidas en los últimos 250 años. La idea central de su trabajo es que el momento de comer no es tanto una cuestión natural, marcada por el apetito, como una construcción cultural diseñada adrede por las clases altas para marcar su posición en la escala social.
En la Europa del siglo XVIII existía un esquema bastante homogéneo: se desayunaba al despertar, se hacía una comida principal abundante hacia el mediodía (entre las 12 y las 14 horas) y se cenaba frugalmente por la noche. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, las élites de Londres y París comenzaron a retrasar progresivamente esa comida principal hacia la tarde e, incluso, hasta la noche. En Inglaterra, este cambio se convirtió en un signo de distinción social de la aristocracia, mientras que en Francia se justificó como una forma de alargar la jornada laboral sin interrupciones, en línea con las dinámicas económicas de la burguesía.
La primera víctima de este desplazamiento horario fue la cena, que desapareció entre las clases pudientes. Al comer más tarde —a veces, a las 18 o las 19 horas—, ya no tenía sentido cenar. En cambio, sí era necesario incorporar una nueva comida a media mañana, más contundente, para compensar el largo ayuno. Así nació el déjeuner a la fourchette, o desayuno con tenedor, que podía incluir varios platos de carne, guisos, pollo, ostras, anchoas, embutidos… y vino. Nada que ver con el café ligero que se tomaba a primera hora del día y que, por ser más comedido, pasó a llamarse “pequeño desayuno”. Esto es, petit-déjeuner.
Diferenciarse con las horas en lugar de hacerlo con la comida
El retraso de los horarios de las comidas estuvo profundamente marcado por el estatus social. Mientras las clases trabajadoras y el mundo rural mantuvieron las rutinas tradicionales —con la comida principal al mediodía y una cena temprana—, los aristócratas y los burgueses abrazaron el nuevo modelo. Un modelo que, además de cambiar las costumbres, provocó confusión en el lenguaje, ya que los nombres de las comidas se desplazaron junto con los horarios. Como apunta Barbero en su libro, “la transformación del sistema de comidas tuvo consecuencias léxicas cuyos efectos todavía se dejan ver hoy”.

Pero ¿por qué las clases más pudientes utilizaron los horarios para distanciarse del resto? ¿Qué les llevó a empujar las agujas del reloj hacia adelante, si ya contaban con otras herramientas para distinguirse, como los ingredientes exóticos, la vajilla de lujo o los alimentos caros? La respuesta está en la posesión del tiempo y su relación con el trabajo.
Para los aristócratas ingleses, comer a deshoras era la manera perfecta de mostrar que su tiempo no estaba ceñido a las exigencias laborales. Podían darse el lujo de sentarse a la mesa a cualquier hora porque no estaban atados a ninguna actividad de subsistencia. Para la burguesía francesa, en cambio, el retraso de las comidas se interpretó como sinónimo de éxito, progreso y capitalismo: después de comer no se volvía al trabajo, de modo que posponer el dîner permitía una jornada laboral continua para finalizar los asuntos de negocios.
La violencia de la distinción y el deseo de pertenecer
El reloj de las comidas avanzó empujado por la determinación de las clases más privilegiadas, que querían marcar una brecha social tangible a través de sus ritmos vitales diarios. Distinguirse del resto. El sociólogo francés Pierre Bourdieu explica que la distinción es la estrategia que despliegan las clases dominantes para diferenciarse de los demás grupos mediante el consumo de bienes materiales y culturales, transformando sus elecciones estéticas en signos de superioridad. Es decir, cuando un bien o una práctica se «vulgariza», las élites los abandonan para buscar nuevas formas de exclusividad. Y esto incluye la comida, las maneras y el momento de comer.
Para Bourdieu, los hábitos alimentarios son uno de los indicadores principales para definir las estrategias de distinción social. El tipo de alimentos, la forma de presentarlos, el tamaño de las raciones o las propias reglas de comportamiento en el momento de comer marcan diferencias sustanciales y se usan para separar lo ‘distinguido’ de lo ‘vulgar’. Una distinción que, por cierto, define como una forma de violencia simbólica en la que el refinamiento y el ‘buen gusto’ se emplean para legitimar la dominación social.
Y ante eso, como es lógico, hay respuesta. Cuando se impulsó aquel cambio de horas, el deseo de pertenecer a una clase social superior llevó a muchas personas a adoptar también horarios tardíos. Algunas obras clásicas, como La feria de las vanidades, de William Thackeray, reflejan estas costumbres y aspiraciones de principios del siglo XIX. Sus personajes invitan a comer más tarde de lo habitual para demostrar que forman parte de ese mundo. Esa pretensión es la respuesta a la brecha entre clases. Del mismo modo que alguna vez se alquilaron piñas, quienes pudieron forzaron sus relojes. Y no por un gusto innato, una necesidad biológica o una preferencia natural, sino por la voluntad de aumentar su estatus social.
Hoy, al menos en nuestro entorno, es fácil acceder a todo tipo de alimentos y más fácil todavía comer a cualquier hora. La abundancia alimentaria es tan abrumadora como la cantidad de formatos y su hiperdisponibilidad. Es verdad que la distinción se sigue marcando con algunos productos concretos —como la trufa blanca italiana o el caviar de Beluga— y con ciertas experiencias gastronómicas exclusivas, que son tanto o más caras que el salario mínimo interprofesional. Pero, quizás donde más se sigue notando es en el tiempo. Ser dueños de nuestro tiempo es lo que nunca se ha depreciado. Y lo que, también en la cocina y la mesa, más nos han arrebatado.
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