Se busca cocinero para fogón medieval que quiera embarcarse en un ballenero vasco del siglo XVI

Poco espacio. Trabajo duro. Clima implacable. Desconexión familiar. En los barcos balleneros de la época medieval no cabía la delicadeza ni había tareas livianas. Lo que había eran labores de riesgo, largos periodos de hacinamiento y altas tasas de mortalidad. A mediados del 1500, la travesía desde los puertos vascos hasta las costas de Labrador y Terranova —en lo que hoy es Canadá— podía durar casi dos meses si el viento no acompañaba. La faena era exigente y las herramientas, peligrosas. Nada era cómodo a bordo. Y la cocina, tampoco.

Alimentar a cuarenta hombres cada día en esas condiciones extremas tenía su miga. Sobre todo, por la planificación y el control de la despensa. Había que racionar los víveres para evitar el desabastecimiento, combinarlos con gracia para combatir la monotonía, saber que los productos frescos se agotarían en los primeros días de viaje y contar con que en cada singladura habría menos cantidad y variedad de alimentos. Cocinar a bordo de un ballenero exigía imaginación tirando de conservas, temple ante los marineros —que se hidrataban a base de sidra— y pericia con un fogón rudimentario sometido a los caprichos del clima. 

En el siglo XVI se guisaba…

Artículo escrito para El País 


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