Carne, progreso, salud y sostenibilidad (#hilo)

A mí también me gusta el chuletón al punto. Me gusta la #carne y la disfruto. Nací en un país donde el asado es religión y que adora a las vacas como al pobre de San Lorenzo. Por eso, ahora que ha parado el alud de fotos y #jascad de bichos muertos os traigo este #hilo carnal.

Hace unos días, el ministro de Consumo @agarzon explicó que necesitamos reducir la producción y el consumo de carne, por salud y por sostenibilidad medioambiental. Y bueno, ya lo sabéis: Twitter se convirtió en una carnicería.

Que si «yo como carne», que si «ministro dimisión», que si «mira estas puntillitas», que si «toma T-bone in your face». El hashtag ‘yo como carne’ se hizo TT y, visto en retrospectiva, tiene algo de esos menús con fotos plastificadas donde se te resbalan un poco los dedos.

(no, no voy a poner esas fotos)

La reacción fue visceral, emocional y poco meditada. Hay un hilo muy bueno del psicólogo @RamonNogueras que explica por qué pasa esto (y el concepto de #reactancia). Lo dejo aquí para que podáis leerlo después. Sigo.

Además de esa sublevación general ante lo que se sintió como una prohibición, una imposición o un recorte de nuestras libertades (no lo era ni lo es, pero así lo percibieron algunos), resulta que hay una cuestión emocional, simbólica, en torno a la carne.

Y es que, durante muchos años, la carne fue un alimento al alcance de unos pocos. Era cara, no abundaba; un manjar casi de lujo que había que cuidar. En tiempos de carencias, era símbolo de estatus. Después, fue símbolo de progreso.

También era sinónimo de comida ‘de verdad’. Alimento. Proteínas. Cosa buena para la salud. Yo, que según @CarlesMesa soy joven, todavía recuerdo cómo mi madre hacía grandes esfuerzos para ponerme un churrasco en el plato todas las semanas.

Algunas semanas, el presupuesto solo daba para un churrasquito, y ese era para mí, que «tenía que crecer». En esas ocasiones, ella comía otra cosa —pasta, arroz, patatas, polenta—; carbohidratos baratos, almidón. Cosas que llenaban.

[✨Publituit: mi infancia transcurrió en Uruguay, un país donde hay más vacas que personas —3,5 por habitante—, donde se practica la ganadería extensiva y donde hay un frigorífico, hoy Patrimonio de la Humanidad, que surtió a Europa de corned beef durante las guerras mundiales].

Seguimos. En España, donde hubo una Guerra Civil y 40 años de dictadura, la percepción sobre la carne es muy parecida a la que tenía mi mamá y muchas mamás y papás del mundo: alimento de calidad, cosa buena para los hijos, pequeño lujo doméstico, estatus, progreso.

Una de las figuras más fascinantes es la del sustanciero: el que alquilaba huesos de jamón para los caldos ajenos. Al parecer, es creación del maravilloso Julio Camba, pero la verosimilitud de este personaje es muy elocuente sobre el binomio carne-prosperidad.

Además de todo esto, ciertos modos de cocción de la carne (como las brasas y el fuego) son atávicos. Nos gustan, nos atraen. Entre otras muchas razones, porque evocan relacionarse con los demás. Compartir algo.
Qué le vamos a hacer, somos bichos gregarios.

El problema es que también somos bichos con tendencia a la romantización. Imaginamos animales felices pastando en libertad cuando el modelo imperante actual es todo lo contrario.

El modelo de producción actual se parece más a una ciudad medieval, como describe con maestría Michael Pollan en este libro:

Por supuesto, existe la ganadería extensiva. Por supuesto, existe la ganadería de proximidad. Y, por supuesto, no podemos poner al mismo nivel nutricional un filete que una salchicha o cualquier ultraprocesado. Pero de lo que hablamos aquí no es de eso.

Lo que preocupa es lo otro: modelos de producción que perjudican el medio ambiente; modelos de transporte que contaminan una barbaridad; modelos de consumo que perjudican nuestra salud y un paisaje cárnico hipertrofiado al que nos hemos acostumbrado muy deprisa.

Sí, nos hemos acostumbrado a ver carne everywhere, y nos gusta, claro. Nos complace. Nos da tranquilidad. Parece que hemos evolucionado, que hemos alcanzado algo. Que estamos mejor. ¿He mencionado ya lo del progreso?

El problema es que para ver todo tipo de carne, a todas horas, en todas partes, y con todo tipo de precios, es necesario mantener en marcha esa maquinaria intensiva de explotación, matanza y transporte. Chop, chop, chop. Sin parar.

En suma: el asunto de la carne no tiene que ver con cómo o cuánto nos guste el chuletón; tampoco con prohibir que lo comamos. El asunto tiene que ver con repensar nuestros modelos de producción y consumo para no cargarnos el planeta y la salud.

Quizás lo que nos pasa es que seguimos asignándole a ciertas cosas el valor que tenían antes y no hemos sabido ver que el contexto actual las ha devaluado un montón.

#FelizViernesATodos, sed felices y gracias por leer hasta aquí 🔚.

Originally tweeted by Laura Caorsi (@lauracaorsi) on 16/07/2021.

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