La cocina protesta: de las cacerolas a la comida de la acampada de Sol

Una olla es un recipiente de cocina hasta que sale a la calle y se transforma en un instrumento de protesta. Alejada de su espacio natural, puede abrazar un significado y un cometido completamente distintos. Puede simbolizar el hambre, como sucedió en la marcha de las cacerolas vacías de 1971, cuando miles de mujeres chilenas se manifestaron contra Salvador Allende por la carestía de los alimentos. O puede concentrar la sed de justicia, como también pasó en Chile y los países vecinos durante las dictaduras del Cono Sur. 

La cacerolada es un acompañamiento habitual del malestar social. Para comprobarlo, basta recordar el sonido metálico de Argentina en los tiempos del ‘corralito’, la kitchenware revolution de Islandia durante la crisis financiera de 2008, o la sonora cacerolada que tuvo lugar el pasado 1 de octubre frente a la sede del Ayuntamiento de Madrid. No era la primera que se hacía en España —ha habido varias desde 1983— ni fue la única ese día. Otras ciudades, como Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, Las Palmas de Gran Canaria o Palma de Mallorca, también sacaron a relucir su menaje para protestar por la actual crisis inmobiliaria. 

Ollas. El objeto que en años anteriores se usó en reivindicaciones laborales, en campañas feministas, en la manifestación contra la guerra de Irak, en el movimiento 15M e, incluso, durante la pandemia, se pone ahora al servicio de una causa diferente. En 2026, las cacerolas arrancadas del hogar reclaman el derecho a la vivienda. Sin embargo, hacer ruido con tazas, sartenes o cacerolas vacías no es la única manera en que la cocina participa en los movimientos civiles. A menudo, la comida y la comensalidad son indispensables para la organización colectiva. Y algunas veces hasta…

Artículo publicado en El País


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