La castaña gallega, única con Indicación Geográfica Protegida por su historia, valor territorial y calidad

Los castaños inauguran el otoño cuando sus frutos besan el suelo. Una ofrenda generosa que pone el alimento a nuestros pies y trae promesas de calidez en el comienzo de los meses fríos. Un manjar delicado y versátil que cuenta con Indicación Geográfica Protegida (IGP) en Galicia y hoy se emplea para elaborar maravillas culinarias, aunque nunca ha perdido su carácter de humildad. Durante siglos, las castañas fueron un modo de subsistencia, un medio de pago y un escudo contra el hambre: antes de que llegaran el maíz y las patatas desde América, este alimento nutritivo y duradero aseguraba comida caliente en los inviernos y harina para todo el año. Por algo el castaño también se conoce como el árbol del pan.

«La castaña de Galicia tiene unas características organolépticas que la hacen, probablemente, la mejor a nivel mundial. Es la única con IGP que hay en España», dice con orgullo Manuel López, secretario del Consejo Regulador. «Los mercados la reconocen por tradición, patrimonio y saber hacer de nuestros antepasados», agrega. Y es que, más allá de las bondades de la subespecie (castanea sativa) y del entorno donde se cultiva, este fruto condensa una importante riqueza gastronómica y cultural. La castaña siempre ha sido un ingrediente distintivo de esta zona del país y su recolección fue una de las actividades agrícolas más rentables desde la Edad Media hasta el siglo XVIII.

De aquellos tiempos aún hay testigos. Algunos están vivos, como los castaños centenarios que rodean los monasterios de la Ribeira Sacra. Otros son mudos, como las ruinas de los sequeiros donde se guardaban los frutos. Y otros, como los recetarios, conservan el hacer y la palabra. Aunque es difícil traducir el castellano antiguo, Manuel López explica que esas recetas se preservan en los pueblos. «Hace unos años recogimos algunas, recuperando las tradiciones de la gente mayor. Eran…

Artículo publicado en El País


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