Comunicación de calidad en tiempos de ruido y desenfreno: charla con Mónica de la Fuente

A principios de marzo tuve una larga conversación con la periodista Mónica de la Fuente, fundadora y directora de la comunidad Saludesfera. Hablamos sobre el modo en que se produce y consume la información en la actualidad, sobre los medios de comunicación, las redes sociales y las dificultades que encontramos hoy en día para hacer un periodismo responsable. Hablamos también de alimentación y salud, el área específica de nuestro trabajo.

El vídeo completo de esa charla está al final de esta página, y el podcast se puede escuchar y descargar desde aquí. Pero, para quienes prefieran la lectura, transcribo (sin pulir mucho, eso sí) algunas ideas que me parecen importantes:

Más canales no se traducen en mejores contenidos

En los últimos 10 años ha habido una evolución en la manera de comunicar. Existe un mayor interés por los alimentos, la salud y la nutrición, pero también hay más cantidad de bulos. Tener más canales de comunicación ofrece más elementos de propagación de mensajes de todo tipo. Es una paradoja: tenemos la tecnología y tenemos los canales, pero nos falta saber discernir cuáles son los mensajes que merecen la pena.

La diferencia principal con lo que pasaba antes es que hace unos años no había tanta posibilidad de interacción. Había un medio emisor y las personas que éramos audiencia, espectadores o lectores, éramos receptoras. No podíamos interactuar, comunicar o expandir un mensaje en igualdad de condiciones. Hoy en día, los medios se están reconfigurando porque el modelo anterior está obsoleto y porque cualquier persona, en cualquier lugar, en cualquier momento puede decir prácticamente cualquier cosa. Y ahí están las herramientas técnicas para vestir eso de un halo de verosimilitud.

Hay una cuestión interesante que está relacionada con el papel que tenían tradicionalmente los editores y los medios como validadores de un mensaje. ¿Cualquiera podía decir cualquier cosa? Sí. Pero el hecho de salir en un determinado lugar, esa cabecera, ese medio, oficiaba como un respaldo de ese mensaje que lo hacía llegar de otra manera y lo diferenciaba de quien que se ponía en un banquito en mitad de la plaza a contar cualquier cosa, fuera cierta o no. Hoy, el respaldo de los medios está en crisis.

El impacto del clickbait, la precariedad y cultura de la gratuidad es enorme

Los medios tradicionales llevan en crisis muchísimo tiempo, tratando de ver cuál es el modelo de negocio, cómo hacer para subsistir en un momento en el que nos hemos acostumbrado a la cultura de la gratuidad: a que yo pueda acceder, como lector, a cualquier contenido sin pagar por nada.

Claro que, si tú no eres el cliente, eres el producto. Si tú no pagas por la información, si la fuente de financiación consiste en vender datos y meter publicidad a lo bestia que depende de la cantidad de visitas, la información que se ofrece se va a resentir porque hay menos medios materiales para producirla, porque lo que va a primar es el volumen y el clickbait sobre la calidad informativa.

Y hay otra cuestión que tiene que ver con cómo se produce información, quiénes lo hacemos y en qué condiciones. Con la precarización de los medios de comunicación y el tipo de mensajes que recibimos los periodistas.

Al e-mail llega de todo: cosas muy interesantes y cosas para enmarcar y colgar en el pasillo de los horrores. Si tus ingresos no dependen de la cantidad de piezas que publiques, entonces puedes desestimar esos mails. Pero si trabajas cobrando por pieza, la pieza se paga muy poquito y eso te obliga a escribir mucho para reunir un dinero al final del mes, entonces tienes que empezar a recortar por algún lado en esa cadena de producción de contenido. Y si tienes un mail de una empresa X que te da la información perfecta, con varios titulares para elegir, bien organizada, bien escrita, que casi podrías copiar y pegar… ¿cuál es el mensaje que termina llegando? ¿Qué es lo que termina permeando en la sociedad? La pelea por cuáles son los temas de información empieza en nuestros correos electrónicos.

No es lo mismo entretenimiento, información y conocimiento

En un contexto como este necesitamos ser más activos y esforzarnos un poquito más. Antes, quizás, podíamos descansarnos y delegar la responsabilidad, pero ahora tenemos que hacer un ejercicio de consumo crítico de información. Aquí hay un elemento clave y es que confundimos entretenimiento con información e información con conocimiento. Y son cosas distintas.

Queremos que todo sea entretenido, rápido, con explicaciones perfectas. Queremos respuestas certeras, concretas, muy claras, que nos dejen tranquilos. Y eso es muy difícil de conseguir. Para empezar, porque en cuestiones científicas la certeza es un resultado y no un estado de las cosas. Se parte de la incertidumbre, hay que aprender a vivir con la incertidumbre. Lo estamos viendo con esta pandemia: un año en el que hemos tenido que aprender a convivir con el «no lo sé».

Algo puede ser entretenido y ser informativo, o puede ser entretenido y nada más. Y luego podemos acceder a mucha información, pero hay un salto cualitativo entre información y conocimiento.

Antes, para acceder a la información teníamos que ir a la biblioteca; ahora la tenemos al alcance de nuestra mano, en el móvil, en el ordenador. Y eso es una ventaja fabulosa con respecto a lo que pasaba hace 30 años. Pero, claro, ¿qué hacemos con esa información? ¿Dónde la colocamos? ¿Cómo se conecta una cosa con la otra? ¿Cuál es el marco donde se mueven esos datos? ¿Estamos sabiendo interpretarlos bien o no? Ahí, en esa generación de conocimiento, en ese saber interpretar una o varias informaciones, los comunicadores y los divulgadores tienen un papel muy importante de decodificación.

Al final, es lo mismo que hacían en el instituto algunos profesores: tú tenías un montón de lecturas marcadas, pero luego venía el profesor de literatura y te daba unas herramientas para que pudieras leer esa obra, ese libro, colocarlo en un contexto y entender por qué trascendió, cuál es su significado, su importancia, dónde está el salto cualitativo con respecto a lo que se hacía antes.

El esfuerzo es autoprotección ante la disfunción narcotizante y la velocidad

La cultura del esfuerzo está muy denostada, pero es imprescindible. Si tú no te esfuerzas como lector, como receptor, como ciudadano, si no pones algo de tu parte, te pueden colar cualquier cosa. El esfuerzo, al final, es un ejercicio de autoprotección, de ciudadanía responsable. Nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho. Priorizamos el entretenimiento, el consumo de sensaciones, el consumo rápido, la explicación fácil por encima de otras cosas que exigen más de nosotros. Leer un libro requiere tiempo. Por muy bien que esté escrito, por mucho que te interese el tema, requiere tiempo, que te abstraigas de todo el entorno y le dediques atención plena.

Nos enfrentamos a la disfunción narcotizante*. Cuando hay tantísima cantidad de mensajes, cuando recibes tantos imputs, tantas cosas que pelean por tu atención, al final te quedas en ninguna; te quedas paralizado, no sabes qué hacer. Terminas convirtiéndote en una vasija en la que caen las cosas, y no tienes tiempo para el discernimiento. Esto se ve muy bien en Twitter: pasa algo y enseguida estamos todos opinando sobre ese algo. Hay veces que me pregunto: ¿es tan importante lo que tengo para decir sobre esto? ¿Tengo claro lo que quiero decir sobre esto? ¿He tenido tiempo de pensar sobre esto? Nos hemos acostumbrado a una inmediatez que termina siendo muy perniciosa porque nos resta ese tiempo de calidad para reflexionar sobre lo que acabamos de leer, para comprenderlo y darle su justo lugar.

Este año ha sido de mucha producción de información que se va superponiendo en capas y que no tienes casi tiempo de digerir. Por un lado es fabuloso que exista tanta producción de conocimiento, por otro lado es abrumador porque no hay tiempo material para consumir todo eso: tienes que ser selectivo desde el inicio.

Los debates en Twitter sobre salud y nutrición son un termómetro

Los debates son sanos. El caso es que han cambiado de escenario. Antes los veíamos en la televisión: se organizaba un debate, había unas reglas, iban unas personas con un perfil determinado y el resto lo teníamos que ver desde casa. Ahora todo el mundo tiene la posibilidad de participar. Evidentemente, no todo el mundo con el mismo grado de pertinencia. Opiniones tenemos todos, pero una cosa es una opinión formada, que tenga un sustento y un respaldo y otra cosa es lo que podamos opinar con el codo puesto en la barra del bar.

Es interesante ver estos intercambios porque es un fenómeno reciente de la comunicación. Muestra con claridad que la idea de que la información debe ser objetiva es un poquito obsoleta. En mi opinión, no existe la objetividad. Siempre hay un punto de vista. Lo que sí debe existir es la honestidad.

Un sitio como Twitter, donde pasan tantas cosas y es tan intenso a veces, es un buen termómetro. Es una herramienta de exploración para saber dónde están los temas, dónde están los debates, de qué se está hablando, en qué punto está la conversación. Por supuesto, puedes coger un hilo de Twitter, volcarlo en un medio de comunicación y hacer con eso una noticia. Incluso puedes hacer una noticia con un debate o un rifirrafe. Eso pasa. Pero hay que ir un poco más allá. El mismo esfuerzo que es exigible a cualquier lector o cualquier ciudadano que quiera ejercer sus derechos de la manera más completa posible también es exigible a quienes nos dedicamos a la comunicación.

Es imprescindible una mirada social sobre la alimentación

La alimentación y la nutrición tienen lugar en un contexto, un escenario, que no es un laboratorio donde se hacen ensayos clínicos. No estamos ahí. La vida pasa por un un escenario donde hay unos condicionantes externos que inciden muchísimo en nuestra salud. Como se suele decir, el código postal influye bastante más que el código genético. No es lo mismo que tú vivas en un barrio seguro, que tengas espacios verdes a tu alrededor, que tengas tiempo para jugar, montar en patinete, saltar a la comba o salir a caminar, que tengas tiempo para estar en familia, para cocinar, hacer la compra y leerte todas las etiquetas para entender qué es lo que estamos comprando, que la vorágine en la que vive gran parte de la población. Si tú estás en un barrio que no es muy seguro o tienes unos horarios de trabajo absolutamente demenciales: te levantas a las 4 de la mañana, tienes que ir en metro hasta la otra punta de la ciudad, luego coger el autobús, trabajas todo el día, vuelves a casa reventado… ¿Te vas a poner a cortar manzanas y prepararlas cuquis en formato Instagram? No. No lo vas a hacer.

El entorno incide mucho en las elecciones que hacemos y en las posiblidades que tenemos. Y esa mirada social es súper importante. Muchas veces criminalizamos o cargamos con toda la culpa a las personas con obesidad, a los padres de la mala alimentación de sus hijos. Decimos que si eres gordo es por tu culpa, porque no comes bien, porque no te mueves lo suficiente, porque eres vago… Y olvidamos todo lo que hay alrededor que condiciona y mucho.

Para cuidar tu alimentación tienes que tener tiempo y, sobre todo, una convicción de partida. Tienes que tener muy claro que eso que estás haciendo, esa ensalada, esa fruta de postre, va a ser beneficiosa para ti y tu familia. Y eso parte de una convicción, porque todo el entorno en el que nos movemos empuja en la dirección contraria.

El entorno obesogénico existe y nos condiciona

Sales de casa y el bombardeo publicitario de comida de mala calidad nutricional, muy pobre en nutrientes y muy rica en calorías, está todo el tiempo. Hay invitaciones simbólicas a comer a cada paso que damos. La industria siempre nos vende lo mismo, pero reformulado un poquito. Siempre es una necesidad nueva. ¿Cuántos anuncios de manzanas vemos? Si salimos a comer o a tomar algo, ¿qué tipo de productos se ofrecen, dónde es más barato comer? Cuando vamos al supermercado, ¿cómo se ofrecen las cosas, cómo se presentan, qué te cuentan? Hay alimentos que no son buenos para la salud pero que se venden como si lo fueran.

Hay que destacar ciertas victorias de la publicidad, como vender lo aspiracional. Algo que la publicidad ha hecho muy bien es instalar esta idea de que cierto tipo de comida o bebida equivale a felicidad, a diversión. Estos mensajes han ido permeando tanto que luego te encuentras con discusiones en las que alguien dice «pero cómo le vas a negar a un niño comer tal cosa; le estás quitando felicidad, qué amargo eres. Cómo vas a hacer un cumpleaños en el que pongas unos bastones de zanahorias y hummus, qué es eso». Parece que les estuvieras restando felicidad, plenitud en la vida.

Los índices de obesidad, infantil y no infantil, están muy marcados y muy condicionados por nivel socioeconómico de las familias. Influye dónde vives, qué puedes y no hacer, cómo concibes el ocio, cuál es tu tiempo de ocio. Y, además, que toda esta comida de la que estamos hablando es muy rica. Realmente es rica. Tiene unos sabores que nos generan esta sensación de felicidad. Y no puedes parar. ¿Te comes una patata sola? No. Empiezas a rascar hasta que te encuentras con la mano al final de la bolsa. El brócoli lo tiene mal para competir con eso. Esa comida rica, palatable, que tiene grasa, azúcar, sal —una combinación que a nuestro cerebro le encanta— está ofrecida todo el tiempo, anunciada todo el tiempo. Y además es barata. Muy barata. Tenemos un problema con eso. Y es un problema social.

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(*) En el entusiasmo de la conversación atribuí el concepto de disfunción narcotizante a Umberto Eco, pero sus teóricos fueron Paul Lazarsfeld y Robert Merton. Que me perdonen mis profesores de la universidad.

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