Sobre Nestlé y los productos insanos (#hilo)

Nestlé reconoce, en un documento interno, que el 60% de sus productos no son saludables. La noticia —una primicia del @FinancialTimes— ha salido en todas partes y seguramente ya la conocéis, así que solo voy a señalar dos cosas que me parecen relevantes:

1. La primera, esta cita del documento: «Hemos hecho mejoras importantes en nuestros productos, pero nuestra cartera todavía tiene carencias respecto a las definiciones de salud en un panorama donde la presión regulatoria y las demandas de los consumidores no dejan de crecer».

Anotad: «presión regulatoria y demandas de los consumidores al alza». Y no perdáis de vista lo siguiente: estas dos herramientas juntas (legislación y consumo) son palancas muy poderosas para que las empresas de alimentación mejoren lo que producen.

2. La segunda cosa relevante está en este artículo de @el_pais, y es una declaración de la portavoz de Nestlé en España.

Dice así: «La empresa lleva años trabajando en la mejora constante de la composición nutricional de los productos para, entre otros, reducir significativamente las grasas saturadas, la sal y los azúcares».

Esto no es algo nuevo ni exclusivo de esta compañía. Hace 2 años, el Ministerio de Sanidad y casi 400 empresas de la industria alimentaria acordaron reducir las cantidades de azúcar, grasas saturadas y sal presentes en los diversos alimentos que fabrican.

La reducción se anunció en porcentajes (¡10 % menos de azúcar!, ¡16 % menos de sal! ¡Ea, tiramos las grasas por la ventana!), de modo que aquello parecía un cambio significativo. Pero la ilusión duraba hasta que pasabas las cifras a gramos y bajabas a los productos concretos.

«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» ¿Conocéis la frase de Lampedusa? Pues eso.

Un 10 % menos de azúcar en 100 g de cereales de chocolate, por ejemplo, significa pasar de 27 g a 24,3 g de azúcar. Es decir, incluso con la reducción, con 100 g de esos cereales ya has consumido todo el azúcar libre que recomienda, como máximo, la @WHO para todo el día.

Si os interesa el tema, en este artículo que escribí en @eroskiconsumer explico en detalle ese acuerdo y doy unos cuantos ejemplos de azúcar, de grasa y de sal. Sigo.

Eso sí, debemos saber que la reformulación de alimentos tiene sus limitaciones. No es tan sencillo como decir «pues vale, que quiten el azúcar y le pongan edulcorante, ¿no?». Ciertos ingredientes (sal, azúcar, grasas) desempeñan funciones tecnológicas y organolépticas.

El sabor, la textura, el aspecto y la duración de un alimento tienen que ver con esos ingredientes. Si quitas o reduces uno, el producto cambia. Deja de estar tan rico, de ser tan esponjoso, de ser tan placentero… Corre el riesgo de perder las cualidades que lo hicieron exitoso en primer lugar.

La sal y el azúcar, además, actúan como conservantes. Ayudan a que los productos duren más tiempo en buen estado, lo cual es básico para ofrecerlos en todas partes a unos precios tan competitivos.

En suma: las empresas pueden reformular hasta un punto. Pero el desafío que tienen por delante es mayor. La pregunta es qué van a producir y cómo lo van a vender, habida cuenta de que la legislación y los consumidores somos cada vez más exigentes.

Más que productos concretos, lo que tienen que reformular es todo su modelo de negocio.🔚

Originally tweeted by Laura Caorsi (@lauracaorsi) on 01/06/2021.

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