Dibujar otro paisaje alimentario en las escuelas (#hilo)

Cuando hablamos de comida, eso que llamamos «elecciones individuales» no siempre son elecciones ni tampoco son individuales. Muchas veces, somos comensales cautivos de un espacio que condiciona (y mucho) lo que podemos comer y lo que no.

Esto ocurre con especial intensidad en los «no-lugares»: espacios despersonalizados o de tránsito, como, por ejemplo, los aeropuertos, las estaciones de autobús, el centro de algunas ciudades o las gasolineras de las autopistas. La oferta es limitada, poco saludable y no existe «plan B».

O te anticipas (por ejemplo, llevando un táper) o te entregas a lo que hay.

Pero esta cautividad también ocurre en lugares llenos de sentido y significado, espacios vividos donde se pasan muchas horas, días y años, mientras se tejen relaciones sociales y se adquieren conocimientos formales y no formales. Lugares como los colegios.

En estos espacios, la oferta alimentaria también es limitada y ha sido decidida previamente por alguien. Desde los menús escolares hasta las máquinas de vending o las cafeterías que hay en los centros educativos: todo lo que hay «para elegir» es fruto de una decisión anterior.

Y esa decisión —o conjunto de decisiones— es lo que perfila el paisaje que ven cada día los pequeños. Es lo que establece su contexto y, por ende, su marco de normalidad. Comen el menú que hay, compran lo que las máquinas expendedoras les ofrecen.

Cuanto peor es el paisaje, peores son las perspectivas. 

Miles de niños y niñas se alimentan a diario en la escuela. Y, para muchos, esa comida es la mejor y la más completa del día. La única fuente de frutas, verduras y legumbres en su dieta. La que está más planificada, se hace en compañía y ofrece más variedad.

Por eso es importante que sea realmente buena. No solo porque es una cuestión de salud pública y de protección a la infancia, sino también porque fomenta la educación alimentaria: los comedores escolares son espacios de socialización y aprendizaje.

El Real Decreto que acaba de aprobar el Consejo de Ministros es una buenísima noticia. Introduce unas cuantas mejoras en ese «paisaje» alimentario escolar y establece los requisitos mínimos para que ese contexto no sea un entorno obesogénico más.

De esos ya tenemos suficientes.

Entre las decisiones, destacan estas:

  • Más frutas y verduras (y más de temporada y proximidad)
  • Más legumbres y proteínas de origen vegetal
  • Más cereales integrales
  • Menos platos precocinados
  • Adiós a la bollería industrial, refrescos con azúcar y bebidas energéticas en las máquinas de vending y cafeterías

Los contextos son determinantes en nuestras elecciones alimentarias. Trazan marcos de normalidad y tienen un peso notable en nuestros comportamientos. Influyen en todas las personas, pero muy especialmente en los niños (unos niños que, no olvidemos, están expuestísimos al bombardeo constante de la publicidad y las promociones de productos malsanos).

Por eso es responsabilidad de los adultos atender a la hostilidad de los contextos, hacerle frente y ofrecerles mejores opciones a los peques. Lo que hace este RD es mejorar un espacio concreto y acotado, pero importante.

Cuanto mejor es el paisaje, mejores son las perspectivas. 


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