Supermercados públicos: ¿una forma de abaratar la cesta de la compra?

Una sola persona puede cambiar la vida de millones sin que su nombre le suene a casi nadie. Para muestra, Clarence Saunders, el estadounidense que modificó radicalmente la manera de comprar alimentos, aunque no mucha gente lo sepa. Comerciante primero y empresario después, Saunders patentó en 1917 un modelo de venta alimentaria que no existía hasta la fecha: las tiendas de autoservicio, el germen del supermercado. Sí, esto de recorrer los pasillos a solas y coger directamente los productos de las estanterías se le ocurrió a un señor de Virginia hace más de un siglo. Y se concibió desde un inicio como un laberinto para atrapar clientes, reducir costes y maximizar los beneficios de la empresa.

El concepto, en esencia, no ha cambiado desde entonces. Para comprobarlo, basta observar el diseño que registró Saunders en la Oficina de Patentes de Estados Unidos y leer la descripción que lo acompaña: “El objetivo de mi invención es proporcionar un equipamiento para que el cliente pueda servirse a sí mismo y, al hacerlo, se vea obligado a revisar todo el surtido de productos en stock, exhibidos de manera conveniente y atractiva, [mediante] un camino sinuoso a través de la tienda”. Con el autoservicio, el local “se libera de una gran proporción de los gastos” necesarios para operarlo, escribió. El modelo permite “prescindir del empleo de muchos dependientes que normalmente se encargan de atender a los clientes”.

Conocer esta génesis ayuda a entender por qué la idea de un supermercado público hace tantísimo ruido. Es un…

Artículo publicado en El Comidista


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